«Mujeres de Shakespeare»


SHAKESPEARE EMBRUJADO


Autor, director y protagonista: Rafael Álvarez «El Brujo». Violinista: Javier Alejano. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Teatro Cofidis.  Madrid.

Entre las muchas virtudes de «Mujeres de Shakespeare» está su capacidad para la autocrítica. Rafael Álvarez, El Brujo para entendernos, ha llegado a ese punto en que es capaz de asumir que es un actor pasado de vueltas en sus gestos y reírse de ello con un elogio del bufón –cómo no, entre los referntes del Brujo está Dario Fo–, a cuento de que en el teatro isabelino, que de eso trata su nuevo espectáculo, eran estos y no los galanes los favoritos del público, los que tenían las mejores líneas, las estrellas para entendernos. Eso, y muchas más cosas, aprenderá el espectador profano, entre risa y risa, sobre Shakespeare y su tiempo, sin necesidad de acudir a la lectura de obras de cabecera: como el papel ritual de los bosques, tan presentes en el «corpus» del bardo inglés y que, curiosamente, vertebran otro espectáculo shakesperiano que se verá en breve en Madrid, el «Forests» de Bieito; o como los ritmos y costumbres de la vida teatral en el Londres del Globe y el Rose, con sus barrios marginales y sus compañías masculinas. 

¿Y las mujeres prometidas? Bueno, no se tomen los títulos del Brujo muy en serio. Son, más que nada, un punto de partida. Aquí, claro, aparecen algunas. Su selección, discutible, no deja de ser un curiosa y válida, en tanto que son personajes esenciales, mujeres inteligentes, vivaces y de versos memorables. Está Julieta, claro, pero también la Rosalinda de «Como gustéis», su tocaya de «Trabajos de amor perdidos» y la Catalina de «La fierecilla domada», con la que el actor reivindica un cierto feminismo aunque le pese al feminismo.  

Pero El Brujo, ante todo, salta, marea la perdiz, canturrea, vuela y se pierde por los cerros de Úbeda en una ceremonia teatral en la que es gran maestro, sacerdote, narrador, historiador, sátiro y cronista de la vida contemporánea, arreando correctivos a izquierda y derecha, y hasta al Rey, por no ir al teatro. Todo, con ese hacer tan suyo que arranca carcajadas y conquista la complicidad del público, un «show» que es ya marca registrada. Es una pena que a veces parezca que lleva quince años haciendo el mismo montaje, porque algunos, como éste, son soberbios.

Foto: El Brujo,en pleno ritual shakespeariano (Foto: Smedia) 
 

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